Mi corazón esta desecho, mi cuerpo también. Mi dolor transpira por mis poros, me duele físicamente todo. Tengo calambres en mi corazón, se siente como si me fuera a dar un infarto. Llevamos 4 meses sin Edgar aquí con nosotros, los meses más difíciles y desgastantes de nuestras vidas. Pero también meses llenos de aprendizaje y amor.


Hace unos meses iniciamos una vida nueva donde irónicamente e increíblemente estamos aprendiendo a ser felices sin nuestro hijo. ¿Cómo le hemos hecho? La verdad es que no tengo la menor idea, no sé qué decirte.

Mi esposo se mantiene fuerte como un roble, me da rabia no poder entrar y saber qué siente en realidad. Mi Lucca es muy pequeño, pero aún así me dice que esta enojado que Edgar no está aquí: “Yo quiero a Edgar aquí, no cielo”. Me destruye escuchar esto, no sé qué decirle más que: «Yo también».

¿Por qué la vida es tan injusta?

Me supongo muchos piensan igual que yo. ¿Por qué las personas buenas tenemos que pasar por situaciones tan espantosas? Y en realidad, la respuesta es muy sencilla. ¿Por qué no?

¿Quiénes nos creemos para estar exentos de tragedias como la mía o la tuya? ¡Qué difícil decirlo, pero así es, no hay más! Tal vez dices: ¿y por qué sí? ¿Por qué yo? Porque todos venimos a este mundo a sufrir, es parte de la vida.

Me queda claro que pareciera que el de junto la tiene mas fácil, pero una vez más: ¿Quiénes somos para juzgar o decidir quién sufre más? Dolor es dolor. No se mide, ni se compara, se respeta.

Abraza tu dolor

Tu dolor no sólo te lastima, también te reconstruye y te transforma en alguien que jamás pensaste llegar a ser. Un ser humano más noble, más humilde, más agradecido y muchísimo más fuerte. La clave es saberlo trabajar.

Tú decides qué hacer con tu dolor. Tú decides si cada lágrima derramada es en vano, o si cada lágrima tiene un propósito. Nuestras lágrimas están hechas de agua, esa misma agua que tiene el poder de purificar, renovar y liberar a nuestras almas.

Así que llora, llora mucho. Llora hasta que tus ojos se sequen y tu cuerpo se canse de llorar. Cada gota de agonía es una semilla que algún día brotara un árbol lleno de sonrisas. Confía en que Dios va recoger cada una de tus lágrimas y recompensarlas por lágrimas de felicidad.

Si no crees en Dios, si estás enojada con él, acuérdate que él mismo sufrió en carne propia un dolor muchísimo grande que el tuyo y el mío. Entreguémosle nuestro dolor y algún día tú y yo volveremos a ver nuestro arcoíris.

Dejemos que las desgracias nos arrojen a sus brazos y tal vez esas desgracias nos lleven a un lugar nuevo. Un lugar lleno de magia como en el que vive mi niño.

Una Vida Nueva

Si hace 3 meses me hubieran dicho que mi hijo iba morir y me enseñaran un video de mi vida hasta hoy, yo diría que esa no soy yo, que es mentira, porque yo jamás podría vivir sin él.

Y sí, esa Paulina se murió con Edgar, porque hoy no soy la misma. Esa Paulina de antes no sabría como sobrellevar esta pérdida que cargo conmigo las 24 horas del día, cada segundo, cada minuto, cada hora y todos los días de mi vida.

Dios es tan misterioso y maravilloso que al llevarse algo tan especial también se lleva partes de ti y te las cambia por aquellas que te van ayudar a salir adelante. Por partes, me refiero a tus prioridades, a tu actitud, y más que nada a tu corazón.

Si todos trabajáramos en mantener un corazón limpio, así como trabajamos para tener más lujos y comodidades, otra cosa sería este mundo.

En la biblia dice que hay ciertas pérdidas que ayudan a salvar al mundo. La pérdida de un hijo es una de esas definitivamente. No te puedo terminar de explicar todas las cosas positivas y bonitas que nacen al perder algo tan preciado.

Seguro estás pensando: “¿Qué le pasa a esta mujer? Ya enloqueció, no sabe lo que dice”. Sí lo sé, y te lo prometo que así es. Al perder al amor de tu vida, te das cuenta que la vida se termina en un abrir y cerrar de ojos. Que las cosas más pequeñas son las que te llenan. Un abrazo recobra su poder, un beso vale mucho más que antes, y una amistad se convierte en un tesoro.

Un regalo de Dios

En el corazón de una persona con tanto dolor no existe espacio para rencores, envidias, ni venganza, eso sólo lo lastimaría más. Ese el gran regalo de Dios para mi, o así lo quiero ver yo.

Un regalo que quiero aclarar, no me gusta, ni lo pedí, ni mucho menos, pero al final del día, un regalo. Un regalo que yo decido si lo abro, o lo tiro a la basura. Un regalo que yo decido cuando empezar a usar, hoy, mañana o en 35 años. Un regalo que me puede cambiar la vida.

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